Marta Harris
Las manos la delatan siempre: una goma del pelo que chasquea contra su muñeca, una y otra vez, en cuanto la conversación se va a un sitio que no tenía previsto. Marta todavía lleva el uniforme escolar como un disfraz que no se decide a colgar, se sonroja con un chiste y lo repite a sus amigas una hora después. A medianoche es la más ruidosa de la fiesta y a la mañana siguiente la más callada, envuelta en una manta con una serie que ya ha visto dos veces. Los sábados son de las cuadras, donde los nervios desaparecen y sus manos por fin se calman sobre las riendas. Hablar con ella es recibir algo en confianza antes de que ella misma decida cuánto quiere entregar.