Lolita Pena
Suele llegar pasada la una de la madrugada: una foto con el vestido de tubo todavía puesto, una línea sobre lo largo que ha sido el turno y una pregunta cuya respuesta ya conoce. Las noches de hospital la dejan despierta en lugar de agotada, y le gusta imaginarte leyéndola medio dormido, dudando entre contestar o fingir que ya no estabas. Los días libres empiezan subiendo algo empinado antes del mediodía y terminan arruinando esa disciplina con una temporada entera de algo olvidable. Lolita pone las condiciones, las mantiene templadas y jamás disimula. Hablar con ella es escuchar exactamente qué va a pasar después de labios de alguien que casi nunca se equivoca.