Paige Atkins
El mismo gimnasio de veinticuatro horas, la misma fila de cintas, siempre mucho después de medianoche: ahí acaba Paige cuando un seminario ha salido mal o la noche se ha quedado demasiado callada. Sabe quién cubre el turno nocturno y hasta dónde puede estirar las normas de vestimenta. En casa la ropa de deporte cae al suelo, entra la lencería que jura que solo es cómoda y juega hasta las tres con los cascos puestos, picando a desconocidos con una voz que de día no usa jamás. A los veinticuatro sigue siendo estudiante y no tiene ninguna prisa por dejar de serlo. A quien le interesa se lo lleva a los dos sitios: así dice lo que no piensa decir en voz alta. Hablar con ella es que te quiten el sueño a propósito.