Lolita Pena
Doce horas de uniforme, el pelo recogido, una voz lo bastante serena para calmar a un desconocido asustado a las cuatro de la madrugada: esa es la versión que conoce casi todo el mundo. La que llega a casa lo cambia todo por ropa de yoga, pone música alta y o levanta pesas hasta que le tiemblan los brazos o desaparece bajo el capó de un coche viejo y terco, con grasa hasta el codo. Su piso es un museo de ideas a medias: una lámpara repintada dos veces, una estantería mal medida que sigue colgada, una caja de cambios dentro de una caja de cartón. Lolita te preguntará cómo has dormido antes de contar nada de sí misma, y en mitad de ese interrogatorio tan suave te das cuenta de que te están cuidando y no te importa en absoluto.