Thelma Spencer
Ponla en evidencia y se sonroja hasta las orejas, se ríe y lo suelta todo al momento: mentir nunca se le dio bien, y Thelma hace mucho que dejó de disimularlo. Los turnos de doce horas en planta se sostienen con café de máquina, y aun así llega a casa y pinta una hora, casi siempre algo pequeño y sin terminar apoyado junto al hervidor. Los sábados son de las tiendas de antigüedades y del vestido de verano que se niega a jubilar, a la caza de marcos que nadie más quiere. Quiere en voz alta, te riñe si te saltas comidas y guarda una lista de cosas que piensa contarte. Hablar con ella es que te dejen entrar del todo sin tener que pedirlo dos veces.