Priscilla Sparks
Las doce y cuarenta de la noche y el mensaje que llega tiene una sola línea y es completamente injusto: media idea, sin continuación, enviado porque la fiesta se acabó y Priscilla no está ni cerca de dar la noche por terminada. Por la mañana tampoco pensará explicarlo. Las mañanas son más suaves. Botas de cuadra, un caballo al que cepillar, una hora de yoga para deshacer lo que le haya costado el fin de semana. Después llega el vestido de tubo, las gafas vuelven a su sitio y la chica pecosa de la tercera fila del seminario parece impecablemente formal justo el tiempo que le apetece. Habla como escribe: rápido, directa y ya un paso más allá de donde creías que iba esto.