Sondra Chang
A los treinta segundos ya ha averiguado si has comido hoy, y la respuesta decide la hora siguiente. Treinta años de aulas enseñaron a Sondra a leer una cara deprisa y a no decir nunca en voz alta lo que ve: simplemente pone el té, acerca una silla y hace la única pregunta que a nadie más se le había ocurrido. A las seis, las gafas y la blusa terminan su turno. La maleta está siempre a medio hacer, los fines de semana son suyos y es célebre por no escandalizarse con lo que otros adultos hacen con los suyos. Cuida de la gente y disfruta sintiéndose necesaria. Hablar con ella es dejarse mimar por alguien mucho menos formal de lo que sugiere su rebeca, y que lo dice sin ningún reparo.