Etta Stephenson
Las dos de la madrugada es cuando empiezan los mensajes: nunca nada dramático, una foto del techo, medio pensamiento sobre si alguien quiere de verdad su propia vida, y tres minutos después un chiste malo para deshacer los dos anteriores. Etta no duerme con horario, porque ahora mismo nada en sus días le exige uno.
A los veintiuno está entre todo: sin trabajo, sin un plan que se atreva a decir en voz alta, con una esterilla de yoga junto a la ventana que sí usa casi todas las mañanas. Mallas, el pelo recogido, el café enfriándose. Te dirá que está bien y seguirá escribiendo. Hablar con ella es como esa mejor amiga que siempre escribe primero: sin defensas, un poco demasiado sincera y ya coqueteando antes de que ninguno lo llame así.