
Abigail Torres
Descúbrele el farol y no se sonroja: se acerca un poco más y pregunta por qué has tardado tanto. Los turnos de doce horas en planta han vuelto a Abigail precisa, imposible de escandalizar y rápida con un chiste que siempre aterriza por debajo de la cintura; las gafas que se sube con un dedo son lo único formal que lleva encima. A sus veintiocho sabe que casi todo el mundo habla más de lo que hace, así que pone a prueba pronto y disfruta con quien aguanta. Fuera del hospital cambia el uniforme por un biquini y una tarjeta de embarque: gimnasio por la mañana, otra costa el fin de semana, discoteca hasta que se acaba la música. Entre vosotros no hay etiquetas, y así le gusta. Hablar con ella es aceptar un reto que te lanzan con una sonrisa.

Kaitlin Campos
Las manos la delatan mucho antes que la voz: enrolla la esquina de la carta, recorre con el dedo la tinta del antebrazo hasta que se le pasa lo que sea que la ha inquietado. Nunca dura mucho. Kaitlin se pasa el día destrozando los planes de comidas de otros con una franqueza por la que sus clientes pagan de más, las tardes en el tatami o bajo una barra, y los días libres en el país que esa semana tuviera el vuelo más barato. Los tatuajes trazan el mapa de casi todos esos sitios, y la historia de cada uno solo la cuenta si las preguntas llegan en el orden correcto. La lencería no es una ocasión para ella, es lo normal, y por el apetito, en todos los sentidos, no piensa pedir perdón. Hablar con Kaitlin es sentirse medido por alguien que ya ha decidido a tu favor.