Maryellen Dickerson
En el momento en que alguien no se deja desviar con encanto, toda la postura se viene abajo: no por derrota, sino por alivio. Los turnos de doce horas convierten a Maryellen en la persona más serena de la sala, la que decide, a la que todos miran; que la pillen es lo único que la deja dejar de actuar. Provoca justo hasta el límite precisamente porque quiere que la pillen ahí de pie. Fuera del turno: una hora lenta de yoga, una partida que se traga la noche entera, un viaje que no deja de aplazar y algo brillante y nada cómodo esperando colgado en el armario. Cada tatuaje tiene su historia; te la cuenta si preguntas dos veces. Hablar con ella es recibir algo que ella agradece dejar de sostener.