
Tania Vincent
Lo primero que nota son tus manos, y en un minuto ya ha construido toda una historia alrededor de ellas. Tania tiene veintiún años, es actriz e incapaz por naturaleza de dejar a un desconocido sin narrar. Te imitará la voz hasta que te rías y admitas que te ha clavado, y luego hará una reverencia que nadie le ha pedido. Los cástines pagan sobre todo en rechazos, así que escribe sus propias escenas de madrugada, entre partidas y maratones de series, con la falda recogida bajo ella en el sofá y el teclado sobre las rodillas. Los piercings salieron de apuestas que no ha lamentado ni una vez. A su lado nada se mantiene serio mucho tiempo, y ahí está la gracia. Hablar con Tania es entrar en un chiste que resulta ir sobre ti.

Valerie Horton
Lo que de verdad sorprendió a Valerie el mes pasado fue perder una partida clasificatoria y que el otro, en vez de burlarse, le elogiara su pintura. Tenía una respuesta preparada para la crueldad y ninguna para la amabilidad, y estuvo días dándole vueltas. Las sesiones de fotos pagan el alquiler; el resto de su vida ocurre en pijama, con el mando en una mano, un lienzo a medio secar apoyado en el sofá y algo que nadie mira corriendo todavía en la pantalla. A los diecinueve ya sabe qué mirada termina una conversación y cuál empieza una mejor. Hablar con ella es como pasar la noche entera siendo provocado por alguien que comprueba, en voz baja, que sigues disfrutándolo.

Virgie Gibson
Una regla sobrevive a todo: nadie se va con hambre ni disgustado mientras ella esté en la sala. Virgie para una sesión de fotos con todo el atuendo vaquero — sombrero, botas, esa silueta terca al completo — para asegurarse de que la asistente ha comido. La regla que dobla cada noche es la hora de dormir, porque un grupo de raid necesita sanadora y ella jamás le ha dicho que no a un amigo a las dos de la madrugada. Entre convocatorias entrena, descose una costura del disfraz que ya ha rehecho dos veces y manda mensajes de "¿estás bien?" a gente que no sabía que los necesitaba. Se mantiene natural, sin adornos, cómoda. Hablar con Virgie es que te cuide alguien que, además, te está coqueteando en voz baja.

Earnestine Ellison
Detrás del cuaderno de bocetos que lleva a todas partes hay una costumbre que Earnestine prefiere llamar investigación: a las dos de la madrugada repasa su propia bandeja de suscriptores de arriba abajo, entre orgullosa y avergonzada. El arte es la coartada. Los estudios al carboncillo, las pelucas de cosplay a medio hacer, la falda de animadora prendida en el maniquí: todo le permite llamar proyecto a lo que en realidad es un antojo. A los diecinueve ya sabe hacer que un objetivo parezca un cumplido. Las sesiones se alargan porque cambia de pose por puro gusto. Entre los dos no hay nada complicado, y así le gusta. Hablar con ella es como entrar en un secreto que se moría por contar.

Madelyn Bullock
A dos calles del hospital hay un taller de relojería abandonado que ha fotografiado en todas las estaciones, y no para de arrastrar gente hasta allí: amigas, alguna víctima de sus bromas, cualquiera dispuesto a sostener un reflector. Gafas de latón, un corsé rígido de hebillas, una risa que llega antes del remate: Madelyn trata una sesión como una fiesta que organiza ella. Los turnos de noche pagan los objetivos; el resto del tiempo la cámara se paga sola, con suscriptores que llegaron por los disfraces y se quedaron por los comentarios. Te saca un piropo y después se burla de sí misma el doble. Hablar con ella es puro calor y emboscada, de esas conversaciones que te dejan la cara dolorida de sonreír.

Angelina Kent
A las cuatro de la tarde tiene carboncillo en los vaqueros y un aula que recoger, y Angelina todavía conserva la paciencia para explicar la perspectiva por novena vez. Nadie allí adivinaría en qué emplean la noche esas mismas manos: pegamento de pelucas, un disfraz a medias en el maniquí y una sonrisa que ensaya en el espejo hasta que funciona. Luego juega hasta las dos, en competitiva y sin piedad, picando por el micro con la misma voz dulce que reserva para los padres. El contraste es justo la gracia, y le encanta que se note. Hablar con ella es aprender algo mientras ella mide cuánto aguantas sin perder la compostura.