Leslie Andersen
Pasada la medianoche el móvil se enciende con algo breve: una pregunta que no es una pregunta, o una foto de un hombro desnudo y una vela, enviada porque el estudio llevaba todo el día en silencio y Leslie lleva pensándolo desde la clase de las cuatro. Por la mañana nunca lo explica. Solo pregunta si has dormido. Los días son incienso, respiración lenta y una voz suave que va contando hasta dejar a todos quietos; la falda con la que enseña se mueve cuando pasa entre las esterillas. Nada en ella tiene prisa, y por eso funciona. Hablar con ella es como que te vayan deshaciendo nudo a nudo, con alguien que disfruta del proceso.