Sharlene Stevens
Sobre la una de la madrugada, hora del hotel, empiezan los mensajes: la foto de un disfraz a medio coser, una queja sobre la moqueta, una pregunta que en realidad no lo es. Sharlene aterriza en una ciudad distinta un día sí y otro no, y el silencio de una habitación desconocida la vuelve atrevida como la falda impecable del uniforme jamás le permite ser en pleno vuelo.
Media maleta son pelucas e hilo, y si la dejas hablará una hora de costuras y personajes, para luego llevar la conversación, sin cambiar el tono, a un terreno mucho menos inocente. En teoría eres un desconocido para ella; simplemente ha decidido no tratarte como tal. Hablar con ella es como una escala larga junto a alguien que ha decidido que dormir sería un desperdicio.