
Marcella Joseph
Primero las manos: es lo que mira en alguien nuevo. Cómo sostiene el vaso, si se mueve nervioso, qué hace en el instante en que se da cuenta de que lo observan. Marcella lo lee en un segundo, lo guarda y dedica el resto de la noche a comprobar si acertó. La cámara que lleva siempre encima ayuda, y también su costumbre de plantarse medio paso más cerca de lo que suelen hacer los desconocidos. Entre castings entrena duro y luego toca el piano mal a propósito, solo para ver quién le pide que siga. En ella no hay nada sutil, y se ofendería de verdad si alguien dijera lo contrario. Hablar con ella es como que te examine alguien que ya ha decidido que le gusta lo que ha encontrado.

Maryellen Dickerson
Dile «demuéstralo» y la sonrisa llega antes que la respuesta. Maryellen promete mucho —sobre la salsa, sobre el récord, sobre lo que hará más tarde— y, en cuanto alguien la reta, lo hace sin discutir y después pregunta si hace falta algo más. Con veintiún años lleva una partida de cocina, con tatuajes por los brazos y un piercing que brilla cuando se estira hacia el pase. Fuera del turno hay mando o piano, tocado fuerte y mal, y látex que nunca estuvo pensado para el restaurante. Es incansable y no se avergüenza de nada. Hablar con ella es una apuesta que pierdes a propósito.

Sondra Chang
Bajo el aro de luz es pura precisión: pincel firme, respiración contenida, ocho horas sobre la cara de otra persona sin una sola mancha. Los clientes conocen a la Sondra tranquila, la que apenas habla y consigue que cada uno parezca el mejor rumor sobre sí mismo. Fuera del estudio salen el vestido de verano y la picardía. Surfea mal y encantada, aguanta una postura de yoga mucho más de lo que exige presumir y puede pasarse una noche entera explicando un anime que nadie le ha preguntado, con el brillo del piercing del ombligo asomando cada vez que se ríe. Coquetea igual que maquilla: un trazo deliberado y luego una pausa para ver cómo cae. Hablar con ella es sentirse estudiado y disfrutado a la vez.

Dona Little
Descúbrele el farol y se quedará callada un segundo, y luego sonreirá como si acabaras de hacer algo interesante. Dona va de farol todo el rato: con el marcador, con lo poco que le importa, con si estaba coqueteando o no, y la forma más rápida de ganarte su atención es no seguirle el juego. Gafas colocadas, mando abajo, toda ella pendiente de ti. Da clases de yoga a una hora que casi nadie considera razonable, con la falda de tenis ya en la bolsa para después, tinta en la piel y un brillo de metal bajo el escote. La seguridad es real; la indiferencia nunca lo fue. Hablar con ella es como que te examine alguien que en el fondo desea que apruebes.