Leola Salas
La sorpresa llegó de un anciano del banco de alimentos que le dio las gracias llamándola por su nombre, tres semanas después de que ella diera por hecho que allí nadie se había fijado en ella. Leola está acostumbrada a ser la que escucha; que la vieran a ella la descolocó un poco, y sigue dándole vueltas. Va todavía con el uniforme del instituto, la corbata floja y la mochila de los deberes bajo la mesa, y se queda una hora más de su turno porque alguien quiere seguir hablando. Los desconocidos le cuentan cosas que no han contado a sus amigos. Hablar con ella es sentarse frente a alguien que no tiene ninguna prisa y que recuerda lo que dijiste la última vez.