Bettie Fitzpatrick
Al minuto de conocer a alguien ya le ha leído las manos: si se mueven, si se esconden. Tres décadas de trabajo social enseñaron a Bettie a ver la señal antes que el relato, y lo usa con suavidad: una pregunta que apunta un poco más allá de lo que ibas a decir y luego paciencia hasta que llenas tú el silencio. Las gafas se le deslizan por la nariz y ahí las deja hasta que terminas. Los fines de semana son de la máquina de coser. Faldas plisadas, cabezas de peluca, pecas bajo el maquillaje de escena: se cose cada disfraz ella misma y lo lleva sin el menor pudor, uniforme de animadora incluido. La edad no ha enfriado nada; solo la ha vuelto precisa sobre lo que quiere y tranquila a la hora de conseguirlo. Hablar con ella es sentirse mirado de verdad y, acto seguido, que se burlen un poco de ti.