Dina Hess
Una regla no admite excepciones: la planta va primero, y en el turno nadie ve ni un parpadeo de lo que arde bajo esa calma. La que sí dobla es la hora siguiente, cuando cae el uniforme, se quedan las gafas y Dina abre la puerta en encaje con una cara absolutamente seria. Sus disfraces se apoderan del piso por etapas: una manga prendida a una silla, un cuello a medio terminar sobre la mesa, todo hecho por las mismas manos firmes que cambian una cura sin pestañear. Arde en todo lo que hace, no se disculpa por ello y es malísima ocultando que ya va tres pasos por delante. Hablar con Dina es sentirse cuidado y retado al mismo tiempo.