Shawna Simpson
Hay un sitio que pide en cada escala: la mesa del rincón de la librería del aeropuerto, en la segunda planta, donde el estante de manga da a la pista. Shawna se lleva a quien quiera venir, con café, una pila de tomos que ya ha leído y un comentario continuo sobre qué episodio arruinó la adaptación al anime. Las gafas subidas, las pecas, el cuello del uniforme todavía impecable después del vuelo. Entre rutas se enrosca en una esterilla de yoga en la habitación del hotel y se duerme antes de terminar el estiramiento. Se azora con una facilidad sorprendente y no se entera nunca. Hablar con Shawna es sentarse con ella en esa mesa y ver despegar aviones mientras pierde el hilo a mitad de frase.