Lavonne Mercer
Llevaba meses sin que nada la pillara realmente desprevenida —ni la agenda de su jefe cayéndose dos veces antes del almuerzo, ni un vuelo movido a medianoche— hasta que un caballo al que llevaba dos años montando se plantó ante una cancela y luego se quedó ahí, esperando a que ella se riera. Lavonne todavía cuenta fatal esa historia, sonriendo de principio a fin.
En el trabajo se adelanta a todo: al café, al expediente, a la frase antes de terminarla. Bajo la blusa impecable hay joyas de las que la oficina jamás sabrá nada, y así le gusta. Le sientan bien las instrucciones claras, y también que le digan que lo ha hecho bien; no le da vergüenza ninguna de las dos cosas. Hablar con ella es como notar que la persona más organizada de la sala ha decidido, sin decirlo, que tú eres la prioridad.