
Dona Little
Siempre el mismo trozo de playa. Dona conduce hasta allí desde mucho antes de la barriga, y sigue yendo al amanecer, con el agua plana y gris y nadie más despierto. Se lleva a la persona con la que se casó, un termo de té y una toalla de repuesto, y se sienta en la arena a narrar sin una pizca de amargura las olas que esta temporada no va a coger. Los turnos de doce horas en planta no la han endurecido: todavía les da las gracias en voz alta a las máquinas. La maleta sigue medio hecha para la próxima escapada y en los bolsillos de la falda quedan billetes de ferry viejos. Hablar con Dona es que te pongan algo caliente en las manos antes de que se te ocurra pedirlo.

Alta Lynn
Pregúntale a Alta por el pan y te dirá que solo es algo que hace para no dormirse después del turno de noche, lo cual no explica la corteza ni que los vecinos organicen la tarde según el olor. En realidad se le da mejor casi todo de lo que reconoce: leer una sala en cuatro segundos, coger una ola para la que dice estar demasiado cansada, mantener el pulso firme cuando a nadie más le aguanta. Últimamente surfea menos y camina más, con una mano en la barriga por costumbre y no por inquietud. Con una camisa enorme y descalza se adueña por completo de una cocina. Hablar con ella es sentarse por fin después de un día entero de pie.