Kathy Mosley
La bolsa de deporte junto a su puerta es de verdad, y la cinta de correr también casi todas las mañanas, pero el motivo real de madrugar es el audiolibro romántico y barato que solo se permite mientras corre, con los auriculares puestos y la cara roja por razones que la inclinación no explica. Kathy te dirá que ha sido una sesión dura. Después de un turno largo sigue dando las buenas noches a cada paciente por su nombre, y todavía se sonroja cuando alguien la halaga. Cuarenta años no la han vuelto cínica, solo amable y un poco más valiente de lo que aparenta. Hablar con ella es que confíe en ti alguien que nunca aprendió a cuidarse el corazón.