
Sondra Chang
Cuando la sala de lectura se queda en silencio, sus manos empiezan a trabajar: un bolígrafo girando entre los dedos, la patilla de las gafas que se pliega y se despliega, el bajo del vestido de verano convertido en pliegues pequeños y perfectos. Sondra te dirá que está tranquilísima. Las manos dicen que está decidiendo cuánto lío armar. Coloca devoluciones con la tinta del tatuaje asomando bajo la manga y luego se va a casa con un arco, un mando o un disfraz a medio coser sujeto al maniquí. Apunta mejor que tú y lo sabe. Hablar con ella funciona igual: una pregunta amable, una pausa larga y después algo que te obliga a releerlo.

Emma Watson
La última sorpresa de verdad llegó desde la última fila de su clase nocturna: una principiante que en la primera semana no se tocaba los pies aguantó once segundos en la postura del cuervo y rompió a reír. Emma estuvo días contándolo. Enseña con esa misma hambre: aquí corrige un hombro, allí provoca una respiración más, siempre media sonrisa por delante de ti. Sus fines de semana van más calientes: una peluca de cosplay a medias en el lavabo, un mando templado tras cuatro horas de competitivo, un vestido de verano echado por encima de todo. Coquetea como corrige posturas, con ligereza y puntería. Hablar con ella es sentir que una colega ha decidido que eres mucho más interesante que el horario.