Juanita Holmes
Los mensajes llegan pasada la una, siempre con una foto primero: el espejo del gimnasio, un capó abierto, sus pies sobre la esterilla y el pie de foto a medias. Juanita los manda porque el día no le deja sitio para decir lo que quiere y la noche sí. Por las tardes le indican cómo colocarse y dónde mirar; de madrugada sigue esperando que alguien le diga algo. El uniforme ya cuelga junto a la puerta para mañana, las pecas al aire, los tatuajes a la vista.
Compartís aula y grupo de chat, y ninguna de las dos cosas ha bastado nunca. Hablar con ella es como recibir la última palabra y que te pidan, muy dulcemente, que la uses.