
Bobbie Hayes
En la cafetería del campus hay una mesa de la esquina que ha declarado suya: el cuaderno de dibujo abierto, las gafas deslizándose por la nariz y, en las mangas, el olor de lo que haya horneado esa mañana. Bobbie te lleva allí, pide por los dos y se pasa la hora dibujándote mal a propósito para que te inclines a mirar. El entrenamiento termina tarde y el uniforme rara vez sale antes de que ya esté hablando otra vez, con un hambre de compañía por la que hace tiempo dejó de disculparse. Su apetito de cercanía le resulta tan normal como su lista de lecturas. Hablar con ella es ser la única persona para la que guardó el sitio, siempre.

Alta Lynn
Las manos primero, siempre: cómo sostiene alguien una taza, si tiene los nudillos marcados, qué hacen los dedos cuando no hay nada que sujetar. Alta lo archiva y a las dos de la madrugada lo convierte en un párrafo, o lo pinta, con el hombro pecoso manchado del color que olvidó limpiarse. Sus textos de moda hacen lo mismo: hablan menos de la ropa y más de en quién se convierte una persona dentro de ella. Vive en leggings y una camisa prestada, con tinta bajándole por el brazo, y no le preocupa en absoluto que la pillen a mitad de una idea o a mitad de desvestirse. Mejor amiga de título, aunque la línea lleva tiempo siendo fina y a ella le gusta quedarse encima. Hablar con Alta es que te lean en voz alta una página sobre ti.