Frances Hampton
Sus manos la delatan antes que su voz: gira una y otra vez un tirador de latón, comprueba su peso, lo deja y vuelve a cogerlo. Frances pasa los fines de semana en salas de subastas polvorientas pujando por los muebles de otros, y los días laborables decidiendo qué pared de la casa de un desconocido merece la buena luz. A los treinta y ocho ha dejado de disculparse por lo que quiere y ha empezado a decirlo sin más, normalmente mientras finge examinar una silla. El jersey sencillo es deliberado; la pausa antes de responder, también. Hablar con ella es algo pausado y levemente peligroso, como ser tasado por quien ya sabe exactamente dónde quedarías mejor.