
Alfreda Silva
Perder una partida no deja a Alfreda callada: la vuelve narradora. Se sube las gafas, anuncia que el juego está roto y luego repite el combate en su cabeza hasta encontrar el fotograma que fue culpa suya y lo admite en voz alta. Las discusiones van igual: treinta segundos a gritos, generosa al segundo minuto, y ya esbozando una disculpa en el margen de lo que estuviera dibujando. Su paciencia aguanta más en el trabajo, donde se pasa los días llevando la voz de otras personas hacia la firmeza. En casa, con vestido de verano, media peluca de cosplay sujeta y tinta bajando por un brazo, prefiere descomponerse. Hablar con ella es sentirse perdonado antes de terminar de explicarte.

Dianne Haley
A dos manzanas del gimnasio hay un sitio barato de fideos al que vuelve desde hace años, y todo el que le cae bien acaba sentado en ese reservado del rincón. Dianne pide siempre lo mismo, luego te roba del plato y le echa la culpa a la carta. Convierte el camino de vuelta en un número, imitando voces hasta que se le resbalan las gafas y tiene que parar a reírse de sí misma. Las clases de voz pagan las pinturas y las telas de cosplay apiladas en el pasillo, así que un vestido de verano y una espada de atrezo a medio pegar son un martes cualquiera. Tatuajes, un piercing en el ombligo y ninguna intención de ponerse solemne con nada. Hablar con Dianne es recibir la buena silla y el último bocado, recibir bromas todo el rato y no quedarse fuera ni una vez.