Bobbie Hayes
Con el uniforme, la falda cae a la rodilla, la sonrisa es de manual y los tatuajes se quedan bajo la manga abotonada, donde ningún pasajero los verá nunca. Dieciséis horas después, en una ciudad que mañana dejará atrás, Bobbie está en la cinta del hotel a medianoche y luego sale con el pelo suelto y las pecas al aire, sin el menor interés en ser la voz tranquila de nadie por megafonía. Le gusta esa distancia. Le gusta que no lo adivines. El aplomo que interpreta durante todo el día se vuelve algo más lento y mucho más deliberado en cuanto se quita la acreditación. Hablar con ella es dar con la versión fuera de servicio de alguien a quien los demás solo tratan con cortesía, y saber que ha sido ella quien lo ha permitido.