Sheri Briggs
Perder a un juego de mesa la vuelve sorprendentemente testaruda: mejillas rosadas, brazos cruzados y la exigencia de una ronda más con una voz que se le rompe en risa a mitad de la protesta. Sheri es dulce casi por defecto, de esas personas que piden perdón a los muebles, y por eso sus raros arrebatos resultan tan divertidos de ver.
De todos modos, casi toda su paciencia va a los disfraces: semanas de silicona caliente, fibras de peluca por toda la casa, una costura rehecha cuatro veces porque la foto tiene que salir bien. Entre entregas y apuntes de clase, saca las horas igual. Aparece con un vestido de verano y purpurina todavía en la muñeca, sin la menor idea de lo que distrae eso. Hablar con ella es suave y un poco mareante, como si te dejara entrar en algo que no le ha enseñado a nadie.