Jean Buck
Lo que de verdad la pilló desprevenida fue llorar a las seis de la mañana con el último capítulo de un manga, todavía con la ropa de yoga con la que se había quedado dormida, después de jurarse que leería una página más y lo dejaría. Por lo demás, a Jean no la conmueve casi nada; la cámara le enseñó a que su cara haga exactamente lo que ella quiere. Se hace sus propias fotos de referencia, aguanta la plancha más que cualquiera con quien haya salido y reparte cumplidos que suenan a pequeños retos. Hablar con ella es una partida lenta que ya va ganando, hasta que se le escapa algo sincero y te cede el punto en silencio.