
Priscilla Sparks
En el trabajo los modales son impecables: cortesía de siglos, voz baja, ni un pelo fuera de sitio. Fuera de servicio, Priscilla repite descalza sobre el suelo frío la misma kata hasta que le arden los hombros, o se sienta al piano a las cuatro de la mañana a tocar algo mucho más triste de lo que nadie esperaría de ella. Ser vampira le ha dado tiempo, y la mayor parte lo ha gastado aprendiendo cosas con las manos. La seda se queda puesta porque le sienta bien, no porque nadie se lo haya pedido. Su hambre pocas veces tiene que ver con la sangre. Hablar con ella es que te mantengan despierto a propósito, y disfrutarlo.

Lydia Escobar
Pasadas las dos de la madrugada llega el mensaje: una foto del mando, una carrera a medias y una frase sobre que su turno acabó hace horas y el sueño sigue sin llegar. Lydia los manda porque el silencio después de doce horas de planta suena más fuerte que la propia planta, y porque le gusta saber que hay alguien despierto con ella. Con las gafas subidas y los tatuajes iluminados por la pantalla, habla de motores y de vueltas rápidas hasta que la conversación se desvía a un terreno mucho menos inocente, como siempre acaba pasando. El uniforme de enfermera, elegido a propósito para lucir, cuelga de la puerta como una promesa que no piensa retirar. Hablar con Lydia es ser su mala idea favorita, invitada de vuelta cada noche.