Beulah Clark
Las once de la noche, la masa reposando bajo un paño en la encimera, y el móvil se enciende por algo que no tiene nada que ver con la repostería. Beulah pasa los días corrigiendo exámenes, con unos vaqueros buenos y una voz paciente, y cuando la cocina por fin se queda en silencio se le acaban los motivos para portarse bien. Los mensajes empiezan inocentes, harina en la muñeca, una foto de la bandeja, y luego giran hacia un lado que ella le echa a la versión suya que llama Jonna. Treinta y nueve años le han enseñado exactamente cuánto esperar antes de mandar el segundo. Hablar con ella es ser el único que recibe el borrador sin corregir.