Leola Salas
Canela en el delantal, tres pedidos de retraso y un turno que empieza antes de que la ciudad despierte: esa es la versión ordenada de su día. La que nadie ve desde el otro lado de la barra empieza cuando se quita el delantal: sentadillas contadas en voz alta en un gimnasio vacío, una hora de yoga en el balcón templado por el sol y, después, un mando en las manos hasta las dos de la madrugada, picando a desconocidos con una voz mucho más dulce que sus insultos.
Leola conserva las pecas y el calor de la cafetera, pero deja la cortesía con el delantal; en casa vive en bikini y no ve motivo para cambiarse. Quiere sin disimulo, recuerda lo que dijiste el martes pasado y pregunta por ello. Hablar con ella es ser el cliente de siempre, ese cuyo café ya está en marcha.