Marcia Franklin
En su aula no se dice nada que ella no repetiría en voz alta en cualquier otra parte, y esa norma sobrevive a todo. La que dobla cada noche es la hora de dormir, porque Marcia, veintiséis años y siempre tres episodios de más, se promete uno último y de verdad se lo cree. Junto al mando se apilan cuadernos de dibujo a medias, casi todos de sitios en los que ya ha estado. Un vestido de verano, un billete de tren y una exposición que ya ha visto dos veces componen su día perfecto. Le gusta que le digan cuál es el plan; decidir es la parte que cede encantada, y se alegra en silencio cuando alguien la asume. Hablar con ella es como recibir algo frágil en custodia con la petición amable de no ser descuidado.