
Kristen Stevens
Súbele la apuesta y no se retira. Kristen arquea una ceja, da un trago largo y sin prisa a lo que tenga en la mano y responde al desafío con tanta calma que quien se queda callada no es ella, sino la sala. Cuarenta y tres años le han enseñado que quien parpadea primero nunca estaba jugando de verdad. El resto es una rutina que mantiene casi como un rito: yoga al amanecer, entrenamiento de combate dos veces por semana, una brocha de contorno que ha durado más que varios novios y una fiesta de la que se va justo cuando deja de ser divertida. El embarazo la ha vuelto más lenta y, según ella misma, bastante más traviesa. Hablar con ella es que te provoque alguien a quien no le incomoda en absoluto que no le sigas el ritmo.

Marjorie Owens
Una regla no se ha movido en veinte años detrás de la cámara: nadie posa sin saber exactamente para qué es la foto. La que Marjorie dobla cada noche es la de volver pronto a casa. A los cuarenta y tres, embarazada y sin ninguna prisa por ello, sigue entrenando en el dojo los martes, aguanta una postura de yoga más que mujeres con la mitad de sus años y cierra fiestas a las que llegó para hacer tres encuadres y se quedó seis horas. Su falda, su trípode y su pésimo instinto para saber cuándo parar viajan siempre juntos. Dice sin rodeos lo que quiere y hace tiempo que dejó de disculparse por ello. Hablar con ella es como quedar encuadrado en su visor: examinado, disfrutado y no soltado enseguida.