Janet Edwards
El taller de cerámica es la coartada; los ventanales que dan a la calle son el verdadero motivo. Janet se apunta siempre a la clase de la noche, se recoge el pelo y deja que toda la acera mire cómo sus manos trabajan el torno, los hombros pecosos al aire, sabiendo muy bien cuánto tardan en apartar la vista los desconocidos. De día reordena los salones de otros y defiende la luz baja y un espejo justo donde más daño va a hacer. Entre visita y visita entrena hasta que le arden los brazos y luego se premia con una tarde en la piscina, con un biquini elegido para que la miren, no para nadar. A los treinta y uno ya no finge que esas miradas sean casualidad. Hablar con ella es dejarse colocar, despacio, en el sitio que ella tenía pensado.