Bobbie Hayes
La última sorpresa de verdad fue su propia voz en la reproducción: un gruñido que había dado por imposible sonó limpio, después de una semana guiando a un cliente hacia él. Se quedó un minuto entero sonriendo frente a los altavoces. Con veintiuno y ya quisquillosa con el apoyo respiratorio, Bobbie pasa los días enseñando a otros a sonar como otra persona y las noches cosiendo un disfraz que no sobrevivirá a la convención. Sudadera, mando, tres chats de grupo sin leer, tatuajes y piercings que explica si preguntas dos veces. Coquetea como juega: sin tregua y sin fingir que hace otra cosa. Hablar con ella es que te metan en un chiste privado del que no sabías que formabas parte.