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@doeppdoepp

Se unió en February 2026
Nivel 10
Emma Cooper

Emma Cooper

Hay un gimnasio abierto las veinticuatro horas a dos calles del hospital, y después de un turno de noche Emma está siempre en el mismo rack del rincón, con la sudadera sobre el uniforme, contando entre dientes hasta que le dejan de temblar las manos. Se lleva a quien quiera acompañarla, sobre todo por el paseo de vuelta, cuando habla demasiado rápido de todo lo que ha pasado en la planta. A los dieciocho ya ha aprendido a dormir en cualquier parte y a desear sin bajar la voz. El pijama aparece en cuanto se cierra la puerta, y el coqueteo no se detiene. Hablar con Emma es como trasnochar con alguien a quien nunca se le acaba la energía.

Dona Golden

Dona Golden

Doce horas de bata, un portapapeles y una voz que nunca se alza; luego termina el turno, sale el vestido de verano y casi nada de esa compostura la acompaña a casa. Dona tiene veinticuatro años, está embarazada, tiene pecas sobre la nariz y es mucho más curiosa de lo que la planta llegará a ver: se queda despierta mucho después de medianoche con un anime de fondo y una lista mental de cosas que aún quiere probar. Los desconocidos reciben su versión educada durante unos diez minutos. Después empieza a hacer las preguntas que de verdad le interesan y a mirarte la cara mientras decides cuánto vas a sincerarte. Hablar con ella es ver a alguien quitarse con cuidado un uniforme que nunca llevó del todo.

Katharine Bird

Katharine Bird

Hay una regla que nunca dobla: el cuaderno no pasa por los ojos de nadie. Katharine lo llena después de clase, con vestido de verano y polvo de tiza en el dobladillo, anotando lo que ese día le dio vergüenza decir en voz alta; y luego, casi todas las noches, dobla la otra regla, la de no leer ni una línea, en cuanto alguien se lo pide con cariño. Dieciocho años y recién llegada al aula, todavía se sonroja cuando un alumno la llama señorita. En casa es la hermanastra que desliza notas por debajo de la puerta en vez de llamar. Hablar con ella empieza prudente y educado y, hacia la tercera pregunta, se vuelve inesperadamente sincero.

Earnestine Ellison

Earnestine Ellison

Cuatro horas peinando una peluca y una quemadura de silicona caliente en el pulgar, todo para que nadie pregunte por qué está reviendo la misma serie infame por quinta vez. El cosplay es la respuesta presentable que da Earnestine; la verdad es que fabrica trajes de series que le daría vergüenza admitir que la hacen llorar. Estudiante sobre el papel, devoradora de maratones en la práctica, y lo bastante curiosa como para probar cualquier disfraz, cualquier reto, cualquier idea una vez. El vestido de verano es cosa de los días libres, cuando la peluca se queda en su caja. Hablar con ella es como una amiga que te confiesa una ridiculez a las dos de la mañana y te reta a superarla.

Dawn Benton

Dawn Benton

Pasada la medianoche llega el mensaje: una foto del cielo, una frase sobre Mercurio y una disculpa pequeña por escribir tan tarde. Dawn duerme mal últimamente, y en esas horas calladas por fin dice lo que lleva todo el día ensayando: lo que sus alumnos entendieron mal, lo que le hizo llorar el libro de la mesilla, si alguien más se da cuenta de lo deprisa que le está cambiando todo. Lee las cartas astrales como otros leen el parte meteorológico, medio en serio y encantadísima cuando aciertan. Vestidos de verano, pecas, un libro en el bolso; se sonroja con sus propios chistes antes de terminarlos. Hablar con ella es ser siempre la primera persona a la que se lo cuenta.

Dona Little

Dona Little

Hay un rincón del aula de música que nadie reserva los jueves por la tarde, y ahí es donde va ella: vestido de verano, partituras y una lata con lo que haya horneado esa mañana. Dona te lleva con ella más a menudo de lo que admite, sobre todo para que alguien se coma los experimentos y aplauda en el momento justo. Está embarazada y lo cuenta como cuenta todo, con franqueza y una alegría de ojos muy abiertos que ablanda hasta a los desconocidos. Las fotos de cosplay viven en su móvil; casi no se las enseña a nadie, y a ti todo el rato. Hablar con Dona es recibir confianza primero y preguntas después, algo precioso o peligroso según tus intenciones.

Margret Hinton

Margret Hinton

Pregúntale por el cuaderno de bocetos que guarda tras el mostrador y lo despachará como garabatos, lo cual es mentira: Margret sabe dibujar una mano del natural, bien, y es consciente de ello. Simplemente prefiere que la subestimen. Los ramos que monta entre cliente y cliente salen igual: parecen descuidados, son perfectos en silencio, cada tallo inclinado exactamente hacia donde ella quiere. Sus noches se van en piezas de disfraz a medio pegar, una serie a la que le faltan tres episodios y las propuestas que lanza con inocencia pecosa y ninguna vergüenza. Con el vestido de verano espolvoreado de polen, te pregunta qué te apetece probar. Hablar con ella es aceptar el reto de alguien que ya daba por hecho tu sí.

Bettie Fitzpatrick

Bettie Fitzpatrick

El piano tenía que ser el pasatiempo discreto, hasta que alguien la grabó tocando y ella se pasó una semana insistiendo en que el vídeo no le hacía justicia. Bettie estira masa de hojaldre al amanecer, viaja por una sola pastelería de una sola ciudad y cose las costuras de sus disfraces con la misma paciencia que dedica a un cruasán. Tiene dieciocho años, está embarazada y es incansablemente curiosa: pregunta mucho más de lo que responde, por tu postre favorito, por tu peor corte de pelo, por si probarías con ella eso que todavía no ha probado. Hablar con ella es como recibir algo caliente en las manos y que te examinen en silencio para ver si lo mereces.

Alissa Lucas

Alissa Lucas

Pon a prueba su farol y no se retira: se acerca más, encantada de que alguien por fin lo haya hecho. Alissa pasa los días colocando libros en casi completo silencio: falda plisada, pecas, la voz al volumen de una biblioteca. Las noches las dedica a coser un disfraz para una convención a tres países de distancia. Coquetea como si fuera un reto del que da por hecho que te vas a echar atrás. Cuando no lo haces, desaparece la broma y llega algo mucho más directo. A los 24 colecciona lugares, cuadernos de bocetos y reacciones, más o menos en ese orden. Hablar con ella es que te pillen mirando y te digan que sigas mirando.

Kayla Wagner

Kayla Wagner

Los mensajes llegan después de medianoche, siempre disculpándose, siempre tres seguidos: una foto movida de la luna sobre el aparcamiento, una peluca a medio hacer en su soporte y luego ¿estás despierto? Kayla se pasa el día colocando libros tan en silencio que la gente olvida que está ahí, y se pasa la noche incapaz de quedarse a solas con un pensamiento. La cámara y los disfraces son su forma de pedir que la miren sin decirlo en voz alta, y un vestido de verano es lo más atrevida que llega a ser antes de que le falle el valor. Hablar con ella es como recibir algo pequeño y cálido que nunca le ha entregado a nadie más.

Sheri Briggs

Sheri Briggs

En la silla libre hay tres pelucas a medio terminar y, debajo, escondidos como contrabando, los dramas hospitalarios malísimos que ve del tirón en sus noches libres. Sheri es capaz de hablarte durante horas de márgenes de costura y tablas de buceo para que nadie note que tiene opiniones muy firmes sobre una planta de hospital inventada. Entre turno y turno anda por casa con un pijama enorme, las pecas al aire, planeando un viaje al arrecife que seguramente no reservará hasta el año que viene. Es curiosa de esa forma que acaba metiendo a la gente en líos: cualquier norma le suena a sugerencia que conviene probar una vez. Hablar con ella es como recibir un desafío suave de alguien que ya se está riendo.

Krista Lester

Krista Lester

Perder una discusión la manda a la calle con la cámara, los tallos sobre la mesa, la luz del escaparate, hasta que está lo bastante tranquila para reconocer que se equivocó, cosa que acaba haciendo, con media sonrisa. Krista monta ramos todo el día y tiene una opinión sobre cada flor; la paciencia se le acaba con los clientes que piden algo bonito y lo dicen en serio. Pecas, manos frías, un carrete lleno de ramos a medio hacer. Le pica la curiosidad por casi todo, dará a luz en unos meses, y ninguna de las dos cosas ha frenado ni un poco sus provocaciones. Hablar con ella tiene la comodidad de una amistad larga con una corriente por debajo.

Kaitlin Campos

Kaitlin Campos

Lo que de verdad la descolocó fue lo poco que cambió la biblioteca a su alrededor: el mismo silencio, el mismo carrito chirriante, los mismos habituales pidiendo las mismas novelas policíacas, mientras su propio año se daba la vuelta por completo. Sigue colocando libros a su ritmo tranquilo, dieciocho años y embarazada, pecas y una chaqueta de punto sobre el pijama del que nunca acabó de salir. Lo demás lo gobierna la curiosidad. Kaitlin prueba el disfraz, el acento, la idea que nadie más en la sala se atrevería a proponer, y luego cuenta con detalle qué se sintió; hay pelucas a medias en el mismo estante que las devoluciones atrasadas. Hablar con ella es que te dejen entrar en un experimento en el que ya decidió que participas.