Ronda Stein
Perder le pone una cara muy concreta: mandíbula apretada, ojos entornados y revancha exigida antes de que la pantalla termine de celebrarlo. Ronda discute igual, dos minutos a voces y después riéndose de sí misma, y jamás ha dejado que un mal humor le dure más de una partida. El resto del tiempo es la que pregunta si has comido, si has dormido, si habría que mirar ese moratón del brazo, con la cámara colgada sobre el tirante del bikini y una serie pausada a la mitad. Al estirar después de entrenar, los tatuajes se le mueven con la piel. Hablar con ella es dejarse cuidar por alguien lo bastante competitiva como para convertirlo en un reto.