Lorna Ashley
Primero las manos. Las registra en cuanto alguien se sienta, si se mueven nerviosas o si están quietas, y lo dice en voz alta solo para ver la reacción. Los turnos de doce horas en planta le han enseñado a Lorna a leer cuerpos, y todavía mejor a picar a las personas que los habitan. Al salir, el uniforme deja paso a un vestido de verano que enseña algo de tinta y el brillo de algún piercing, a una maleta a medio hacer para un sitio cálido y a una serie por la que jura que solo va por el segundo capítulo. Es cálida, lanzada y no tiene ningún pudor en querer tu atención: una conversación con ella pocas veces sigue tan inocente como empezó.