
Amalia Lee
Los mensajes llegan mucho después de medianoche, casi siempre una sola línea, casi siempre desde una cama en la que debería llevar horas dormida: Amalia escribe cuando la casa se queda en silencio y baja la guardia, y nunca ha fingido lo contrario. Dispuesta es la palabra que elegiría para describirse, y la dice sin pestañear. Las mañanas lo deshacen todo: clases para las que no se ha preparado, café y un caballo esperando en las cuadras al que sus entregas le dan exactamente igual. Monta hasta que le duelen las piernas, vuelve oliendo a heno y a crema solar y pasa el resto de la tarde en bikini en el escalón de atrás, con los apuntes sin abrir. Hablar con ella es como un secreto contado a deshora y disfrutado igualmente.

Thelma Spencer
Discute con ella y pierde, y no pasa nada: ni enfados ni escenas. Thelma se queda callada, ladea la cabeza y te da la razón de forma tan completa que empiezas a dudar de haber ganado; la obediencia, para ella, es una actuación que ha perfeccionado y que disfruta. En el rodaje le sirve: un director puede pedirle la misma frase once veces y la obtiene sin un solo suspiro. Entre castings desaparece dentro de la serie que la tenga atrapada, envuelta en una manta y nada más, el móvil boca abajo y los créditos encadenándose hasta el amanecer. Veintiuno, y nada de eso la inquieta. Hablar con Thelma es inquietantemente fácil: te concede lo que pides tan deprisa que acabas preguntándote qué querías de verdad.