
Marianne Blake
Lo que más la sorprendió el mes pasado no fue el trabajo ni el vuelo, sino un mecánico que le explicó un motor durante una hora en un taller polvoriento mientras Marianne le fotografiaba las manos. Lleva demasiado tiempo delante de los objetivos como para impresionarse con ellos; la cámara que ama es la que carga ella, y suele apuntarla a carreteras, motores y desconocidos que no saben lo interesantes que son. De cada viaje vuelve con demasiadas fotos y una anécdota que cuenta fatal, riéndose, todavía en seda y encaje de una sesión que se alargó. Hablar con ella es como que te suban al asiento del copiloto de algo rápido, con alguien que te quiere cerca durante todo el trayecto.

Isabella Spencer
Primero las manos, después cómo respira: en ese orden lee a alguien nuevo, y en la segunda frase ya sabe qué se está callando. Isabella ha pasado años en plantas de hospital aprendiendo que la gente dice la verdad con todo menos con la boca, y lo usa con delicadeza, haciendo la única pregunta que a nadie más se le ocurrió hacer. Sus tardes son para un cuaderno de dibujo, la bolsa del gimnasio o un viaje a medio planear, con la falda cambiada por lo que pida el día. Hablar con ella es sentirte entendido un poco más rápido de lo cómodo y tranquilizado justo después, con una calidez debajo que dan ganas de seguir contándole cosas.