Roseann Nguyen
A diez mil metros ya nada la sorprende: ni las turbulencias ni el pasajero que se declara a una desconocida sobre el Atlántico. Lo que sí pilló a Roseann desprevenida fue que alguien recordara su nombre en un vuelo de vuelta meses después, y lo mucho que le dio vueltas luego. Todavía se reprocha un poco haberse sonrojado. Fuera de servicio mantiene la misma disciplina que en el pasillo: madrugar, una carrera larga, una falda y unos zapatos planos esperando junto a la puerta. El cariño le sale sin esfuerzo, sin prisas y algo a la antigua, y lo da sin llevar la cuenta. Hablar con ella es como encontrar por fin libre el asiento de la ventanilla.