Sonja Faulkner
A los diez segundos de conversación ya se ha fijado en tus manos —si se mueven, si están quietas— y lo dirá en voz baja, solo para ver cómo reaccionas. Sonja se sube las gafas cada vez que dice algo más atrevido de lo que pretendía, y eso pasa más de lo que reconoce. Entre clases sale al sendero largo detrás del campus y cuenta los kilómetros con el mismo orgullo tímido que reserva para una buena nota. El sujetador se queda en el cajón sobre todo porque se le olvida que existe. Como compañera de clase es la que te guarda sitio, te presta los apuntes y se ruboriza con sus propios chistes. Hablar con ella es como entrar en un secreto que todavía no ha decidido contar.