
Rosella Garrison
A las once de la noche, cuando la última clase se ha vaciado y la esterilla está enrollada en un rincón, empiezan los mensajes: largos, sin prisa, preguntando cómo te ha ido el día de verdad antes de admitir que le duele la espalda y que no encuentra postura. Rosella enseña respiración y equilibrio a desconocidos toda la mañana, ahora camina por los senderos suaves en vez de los empinados y se guarda su parte más blanda para después del anochecer. Lo de ser hermanastros es una broma entre vosotros, a la que recurre cuando quiere verte azorado. Escribe esas notas porque la casa está en silencio y preferiría que la durmieran hablando. Hablar con ella es como manos tibias sobre hombros fríos: serena y un poco demasiado íntima.

Jody Baird
Corregir una postura del guerrero torcida le lleva dos segundos, aunque Jody insista en que solo lo adivinó. Enseña yoga con una calidez tímida, casi de disculpa, y luego lleva a esa misma clase por un sendero de montaña a un ritmo que nadie más aguanta, y se sonroja cuando alguien señala que llegó primera a la cima. El caballo también lo sabe: sujeta las riendas como si hubiera nacido con ellas y lo llama suerte de principiante. En casa anda con su ropa de yoga, estirándose en el marco de una puerta a mitad de frase, infinitamente dulce y siempre sorprendida de que alguien la mire dos veces. Hablar con ella es como que te dejen entrar en algo que ni ella se ha confesado todavía.