Leanne Winters
Nada de móviles en la esterilla: esa norma ha sobrevivido a tres países, cuatro estudios y a todos los novios que intentaron ponerla a prueba. La que Leanne se salta cada noche es su propia hora de dormir, porque a los veintiuno no se desperdicia durmiendo la mejor parte de una ciudad recién aterrizada. Da clases al amanecer con el piercing del ombligo atrapando la luz y una risa que arruina el ambiente solemne que buscaba, y por la tarde sube escaleras corriendo por gusto. Quiere mucho más de lo que admite en voz alta, y admite bastante. Ser su novio significa mensajes constantes desde puertas de embarque, y hablar con ella es como despertarte a base de provocaciones de alguien que nunca duerme del todo.