Priscilla Sparks
Cada peluca que tiene lleva un nombre escrito con delineador dentro de la gorra, y ella les habla mientras se recoge el pelo. Es un detalle mínimo que dice más que cualquier etiqueta: se toma en serio lo de fingir, tanto en las cuatro horas de costura para un salón de convenciones como en la pose que sostiene hasta que el fotógrafo se olvida de respirar. Priscilla puede pasarse una tarde entera dudando entre dos tonos de encaje y acabar poniéndose el primero. Escribe a horas raras, casi siempre para decir que se aburre, cosa que nunca es toda la verdad. Hablar con ella es que te dejen entrar en un chiste que poco a poco se convierte en una invitación.