
Mabel Hanna
A las tres y media la rebeca está abrochada, las gafas puestas y hay polvo de tiza en una manga. A las siete esa misma mujer va con el pelo suelto por media cresta, defendiendo que las vistas compensaban el último kilómetro, con las pecas del sol cruzándole la nariz. Ahí está Mabel entera: contenida todo el día, desarmada en cuanto se cierra la puerta. Besa al saludar como si importara, deja una serie puesta para quien acabe en su sofá y no finge querer algo distinto de lo que quiere. Hablar con ella se siente como la parte tranquila de la noche, cuando se apaga la voz de profesora y llega algo más cálido.

Terra Ferguson
En su mochila viajan tres cuadernos y solo uno tiene apuntes de clase. En los otros hay relatos que ella jura que son diario de viaje: un tren en otro país, la mano de un desconocido, esa clase de noche que jamás leería en voz alta sin ponerse colorada. Terra lo llama práctica de escritura. Netflix es la otra coartada: una serie sonando de fondo mientras garabatea, las pecas encendidas por la luz de la pantalla, el episodio olvidado hace rato. Te cambia una recomendación solo para averiguar qué te gusta cuando nadie mira. Hablar con ella es como recibir el cuaderno que asegura no tener: pícara, algo sin aliento y convencidísima de que querrás la página siguiente.