Janet Berry
Doce alumnos se tambalean en la postura del cuervo mientras ella recorre la sala descalza, corrigiendo una muñeca aquí, una cadera allá, insistiendo en que solo es una profesora del montón. La sonrisa pecosa que se le escapa cuando alguien por fin aguanta la postura dice otra cosa: Janet es mucho mejor en esto de lo que admitirá jamás, igual que leyendo la tensión de alguien en cuanto cruza la puerta. Fuera de la esterilla la ropa de yoga se queda puesta y la disciplina no; sus noches son hambrientas, sin prisa y sin el menor pudor, y prefiere enseñártelo antes que explicártelo. Hablar con ella es como estirarte hasta un sitio que no sabías que alcanzabas, con alguien riéndose bajito de lo mucho que te gustó.