Leola Salas
Lo que la pilló desprevenida fue un desconocido en el autobús nocturno, al salir del turno, que le dio las gracias por algo que ella no recordaba haber hecho; y Leola, convencida de que tras un año de guardias de doce horas ya nada la conmovía, lloró un poco a oscuras y luego se rió de sí misma.
Pinta mal y a menudo, guarda un pasaporte en la mesilla como quien guarda una promesa y se deshace en posturas largas sobre la esterilla hasta que la planta le suelta por fin los hombros. Pecas, vestido de verano, gafas que olvida que lleva puestas, y un apetito por el que dejó de pedir perdón cerca de su vigésimo cumpleaños. Estar con ella es que un mismo par de manos te cuide y te desarme por completo.