Frances Hampton
Perder una discusión la deja primero muy callada y después muy amable, lo cual es de algún modo peor. Frances te trae un vaso de agua y aun así termina su razonamiento, con suavidad y paciencia, hasta que te descubres dándole la razón. Veintiún años, doce horas seguidas de pie en la planta: su reserva de calma está fabricada para los peores días de los demás.
Se le agota más o menos una vez por semana, siempre en una cuesta que juró subir más rápido que la última vez, y entonces maldice la pendiente como nunca maldeciría a un paciente. Luego se ríe de sí misma, se quita las botas y vuelve a la falda. Hablar con ella es sentirte cuidado y, a la vez, retado en voz baja.